Resulta que llego yo a este restaurante por segunda vez, con un excelente amigo. El pide como entrada una pieza de crepa de camarones empanizados, cuando llegan los platillos (porque debido a que yo no pedi entrada todos los tiempos llegaron juntos) el me ofrece de su entrada. Yo accedí a su oferta.
Desde el momento en que acerco la crepa a mi persona, mi sentido del olfato saborea esa delicia de una manera tan impresionante, que aún al día de hoy no olvida la delicia que percibió en aquel momento. Mi corazón palpitó tan fuerte ante aquella sensación que no pude evitar derramar una lágrima ante la belleza de tal creación. Y una vez que probe tal delicia, gracias mi sentido del gusto supe que no había probado un manjar caliente tan delicioso como aquél.
Me encontraba ante un gran dilema. No sabía si guardar aquella belleza en una caja para contemplarta toda una vida (aunque sabía que obviamente aquello era imposible) Si seguirla disfrutando solamente con mi olfato o si saborearla eternamente. Obviamente termine de degustar aquel manjar fue un momento de vuelta a la realidad pero definitivamente les puedo asegurar que mientras duro, aunque mi dilema fue muy fuerte, nada fue tan impresionanmente grande como aquel sabor tan increíble del cual el chef de aquella noche me habia permitido degustar en esa crepa.
Resulta que despues hablé con mi familia y con amigas sobre aquella excelente obra de arte, sin encontrar las palabras justas para elogiar tal belleza pero queriendo (obviamente) compartir con personas tan maravillosas un manjar como aquél. Y una vez que logro llevar (al menos a mis amigas) a aquel lugar y ordeno esas crepas. Si, sabían ricas, tengo que admitirlo. Pero eran unas crepas de camaron empanizado y ya.
¿Dónde quedo la pasion del chef al preparlas?
Como suele suceder, pequé de exagerada. O al menos en apariencia asi fue. Pero les prometo que en verdad derrame una lágrima de lo hermoso que fue el sentimiento que me provocaron las crepas aquella vez que tuve la dicha de conocer íntimamente su belleza. Les prometo que aquel sabor fue tan maravilloso que aun mi corazón palpita cuando mi sentido del olfato recuerda haber notado cada ingrediente, aquella ocasión en que por primera vez probe una delicia de tal magnitud.
Aun creo que aunque las cosas no siempre son iguales, no pierden su escencia. Esa es mi esperanza.
Quisiera creer que hay cenas que se hacen con amor, que hay platillos que se viven con amor.
Que los detalles no son todo. Que la comida que se comparte es una bendición. Que en todo momento se puede expresar el amor.
Ahora me falta una cena rómantica... con amor.
viernes, 11 de julio de 2008
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